domingo, diciembre 02, 2012

Adios



Te digo adiós para toda la vida,
pero toda la vida seguiré pensando en ti.
Jose Ángel Buesa


Nos movíamos por la terminal de aeropuerto como auténticos fantasmas. Ella en silencio miraba los paneles que ibamos pasando intentando orientarse, yo por mi parte, la iba mirando, guardando en mi cabeza cualquier gesto suyo. Éramos inmunes a las prisas que gobernaban ese maldito edificio lleno de normas y señores trajeados perseguidos por diminutas maletas que apenas podían albergar un portátil, documentos y un par de mudas limpias para un viaje de dos o tres días por negocios.

Yo quería ir más despacio, veía que nos acercabamos al control de billetes y temía el momento. Quería que fuese todo a camara super lenta y que los 10 escasos metro que nos faltaban para llegar fuesen una eternidad en la que poder estar a su lado el resto de mi vida, quería agarrarla como una escena de película y recostarla hacia atrás y darle un beso que durase un vida o al menos evitase que se fuese.

Más de un mes para asimilar la despedida y aún sentía que me moría mientras ella se dirigía al control billetes. En el recuerdo, su último beso, que me supo a un insignificante segundo de todo lo que había sido nuestra relación, no me permitió pasión, rozo mis labios y se separo rapidamente. Mis brazos se habían entrelazado a su cintura por última vez mientras me retiraba para poder disfrutar de la mirada esquiva de mi chica desde la posicion que me otorgaba mi altura, parecía que no quería ni mirarme.

Ella agarró la maleta como estrategia para que la soltarse, estábamos demasiado serios, algo nos decía a los dos que esto no era un hasta pronto, era un adiós con palabras mayúsculas, un adiós de despedida por los tiempos de los tiempos. No hacía falta ninguna palabra, todo lo que teníamos que decirnos ya nos lo habíamos tirado como si las palabras fuesen una colección de jarrones que tuviésemos en casa.

-Adiós.

Su última palabra fue una amarga sentencia. Yo no dije nada, supuse que mi cara, mi mirada y todo yo suplicaba de rodillas que no se fuese, que se quedase, que aún era posible hacer funcionar lo nuestro, que tuviese fe en mi.


Acto seguido se dio la vuelta, se dirigió al control con el billete en el interior del pasaporte en una mano y un maletón escrupulosamente medio para que pudiese pasar como equipaje de mano. En mi cabeza siempre quedará el recuerdo de su silueta caminando hacia el arco de seguridad.

Yo estúpido, aún permanecía impasible mirando con un cierto grado de ilusión el puesto de control de billetes. Esperaba que se girase y que con una carrera hacia mi, me diese un abrazo que nos hiciese olvidarlo todo dándole un toque melancólico a toda nuestra situación, esperaba que el señor de bigote que estaba controlando los pasaportes le dijese que algo estaba mal y que no podía salir de España o que ese corte de pelo no se correspondía con el de la señorita que salia en la foto, esperaba que una enorme sirena roja empezase a sonar de la máquina de rayos X que controlaba los equipajes y que se cerrase el aeropuerto por amenaza de bomba, esperaba que un grupo de controladores apareciera por el fondo con pancartas colapsando la salida de todos los vuelos…
Una tímida sonrisa salió de la triste expresión de mi cara al reflexionar sobre las tonterías que se me pasaban por la cabeza, ella hubiese reconocido mi mirada perdida y pensativa y me hubiese dicho algo como: “Despierta” o “Deja de soñar”. Siempre se quejaba de que era un soñador, de esos momentos en los que mi imaginación tendía un manto sobre la realidad, en el cual se proyectaban mis ideas de fantasía, alegrando este mundo tan gris.

Pero de la misma manera que esa mirada perdida y pensativa la irritaba, era capaz de sacarle una sonrisa con cualquier estupidez, por duro que fuese el momento. Me encantaba hacerla sonreír cuando estaba cabreada, sobre todo si lo estaba conmigo, siempre pense que era la manera más dulce de reconciliarnos y una de mis cualidades dentro de la pareja. Primero un silencio acompañado de caras largas y gestos bruscos, después una estrepitosa estupidez con un gesto de mi cuerpo, un ingenioso comentario o una broma pesada que obtenía como resultado un insulto con una bonita sonrisa, acto seguido se giraba y evitaba mirarme de cualquier manera mientras yo sentía que se reía y se tapaba con la mano la cara e intentaba volver a esa seriedad anterior de alguna manera. Daba igual, justo en ese momento, ya se había olvidado de todo y ya no estaba cabreada.

Recuerdo el día que salió corriendo de la cocina con las dos manos tapándose la cara para que no viese que se moría de risa cuando me vio la cabeza cubierta de harina, entró al cuarto de baño para reirse tranquila. Yo la perseguí y me agarré al pomo de tal manera que ella no pudiese salir.

-Caaaariiii –dije con un tono melódico- No notas nada, en nuestro minúsculo baño sin ventilación.

Yo empecé a reírme, había salido del cuarto de baño hace escasos 5 minutos y sabía lo que había dentro. Seguía tirando del pomo de la puerta.

-¡Por el amor de Dios!- ella empezó a gritar dentro del baño -¡Joseeee dejame salir por favor!¡me vas a matar!
-¡No! -disfrute el momento- solo te dejaré salir cuando me perdones –respondí como pude manteniendo la risa.
-¡¡Por favor!! –ella cada vez le echaba más teatro, empezó a simular toses y daba golpes a la puerta.

Al otro lado de la puerta estaba yo dispuesto a una fácil rendición casi llorando de la risa como siempre.


-Vale, te perdono -ya no daba golpes-¡pero déjame salir ya!

Solté el pomo y ella abrió la puerta desde dentro, salió con la mano tapándose la nariz como una niña pequeña y se quedó ante mi. Se quitó la mano y realizó una profunda respiración como quien sale de debajo del agua después de varias horas. Me miró muy seria

-¡¡Pero tu que coño comes!! –intentaba decirlo muy seria, pero cada instante que pasaba desde que había pronunciado la frase era más complicado que se mantuviese seria.
-Es lo que tiene comer tantas verduritas cielo -me acerque suavemente y la di un beso en la mejilla, los dos teníamos ya una sonrisa dibujada en la cara.

Yo no podía más y rompi en carcajadas mientras me encorvaba, a lo que ella aprovechó para saltar encima mío llamandome cochino mientras se sumaba conmigo a la orquesta de risas.

Algo me decía que todos estos recuerdos me complicarian olvidarme de ella. Solo tenía en la cabeza mil cosas como esta, que a mi parecer me resultaban de lo más tierno que me había pasado en la vida, mientras que mi memoria, de manera selectiva había decidido olvidar todas las cosas que nos habían llevado a nuestra separación. Como olvidar a quien has querido tanto, si todo son recuerdos positivos.

Justo antes  de desaparecer por el fondo del control del aeropuerto, se giró una última vez desde lejos para despedirse con la mano, pero aun así, en la lejanía, pude ver su cara seria y triste. Eso fue algo que me atormentó durante algunas semanas, no dejaba de pensar como alguien en su situación podía estar así. Se suponía que estaba haciendo justo lo que ella quería, irse a Japón sin mi.


Me acerqué hasta una cafetería que había cerca del control y me senté en la barra. Pedi un cafe y me di la vuelta para poder observar el trasiego de gente y poder en marcha mi imaginación. Su vuelo no salía hasta dentro de una hora y media y no quería irme hasta saber que ella estaba al menos dentro del avión, en mi cabeza siempre quedaba una última esperanza de que ella cambiase de opinión y apareciese entre la multitud en busca mía. No apareció

Yo mientras tanto, seguía hundido en un mar de preguntas que por el miedo a unas respuestas incómodas o incomprensibles no me había atrevido a formular. La chica que más tiempo había estado en mi cabeza la última década se iba sin la promesa de volver, se iba a la otra punta del mundo. La chica que yo amaba, se había ido para no volver.

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